Pedro Engel y la ancestrología: “Lo feo y lo malo es el olvido, esa es la verdadera muerte”

Pedro Engel y la ancestrología: “Lo feo y lo malo es el olvido, esa es la verdadera muerte”

 

“Honrar la vida” es la canción que el ancestrólogo, astrólogo, tarotista, escritor Pedro Engel (71) les haría escuchar a diario a los miembros de la Convención Constituyente. Cantada por Mercedes Sosa o por Sandra Mihanovic. Da igual. Pero que la escuchen. 

-Esa canción me encanta, es de Eladia Blázquez, una compositora argentina maravillosa, y su letra es tan vigente. Tiene que ver con lo que está pasando a nivel político, donde hay tanto ego, tanta vanidad. Dice: “Hay tanta pequeña vanidad/ en nuestra tonta humanidad/ enceguecida/”. 

Y luego Pedro empieza a cantar: “Merecer la vida es erguirse vertical/ más allá del mal, de las caídas…/ Es igual que darle a la verdad y a nuestra propia libertad, la bienvenida/ Eso de durar y transcurrir, no nos da derecho a presumir, porque no es lo mismo que vivir, ¡honrar la vida!”.   

-No sabía que cantabas. 

-Yo tampoco. Siempre quise hacerlo, pero me decían que no tenía buena voz. Siempre quise pintar y me desanimaban con que no tenía talento. Me recomendaban que lo dejara para una próxima encarnación. Ahora estoy en clases de canto lírico con Sebastián Muirhead y en clases de pintura con Mercedes Fontecilla desde hace un año. Estoy feliz haciendo arte, porque estoy convencido de que el arte sana el alma. Es un gran remedio contra el Alzheimer, la pena, la soledad de la tercera edad, es el mejor método para honrar la vida.  

-En uno de tus libros, escribes: “Me dediqué a la ancestrología porque mi familia fue la herida que me costó más sanar”. Explícame la frase y, de paso, qué es y para qué sirve la ancestrología.

-Mira la ancestrología es un regalo que me dejó mi maestra, la doctora Lola Hoffman. Ella, unos años antes de morir, empezó a trabajar con este sistema de sanación, que se funda en reconciliarte con tu árbol genealógico, con tu biografía, con tus abuelos, tus padres, tus hermanos. En general, con tu infancia, que es donde están las primeras heridas de la vida, las que cuesta mucho sanar. Cuando ella murió, me dijo: “Este es mi legado para ti; continúalo porque el mundo va a necesitar mucha ancestrología”. Y así lo hice. Me he dedicado a esto los últimos cuarenta años y me ha hecho muy feliz. He comprobado que mi maestra tenía razón; que todo ser humano viene al mundo a sanar la historia de su linaje. 

-No me respondiste por qué dices que tu familia fue tu herida más grande. 

-Porque suele ser así. La herida más potente que uno acarrea siempre es su familia. La relación con sus hermanos, sus padres, siempre implica un desequilibrio. Hay herencias mal repartidas, amores distintos, a veces te sientes mal querido o poco aceptado, como fue en mi caso. Por algo las Escrituras dicen honra a tu padre y a tu madre, lo que no es un mandamiento fácil para algunos y para otros es tremendo. 

Mi amiga, la muerte

-Pedro, quedaste viudo a los 29 años, con 4 niños a tu cargo. ¿Cómo superaste la muerte de tu mujer y cómo era ella, Alicia?

-Alicia es una de las personas más extraordinarias que he conocido en mi vida; era muy silenciosa, muy profunda. Diferente a todos, hasta llegó a dudar que fuera humana, quizás me topé con un ser de otra galaxia. Fue mi maestra en la poesía del arte y en el arte de amar. Nos conocimos muy jóvenes, a los 13 años, en el colegio y, desde el día que nos pusimos a pololear, no nos soltamos más hasta el día de su muerte. Ella fue quien me inició en el misticismo, en la profundidad de las creencias espirituales. Muy madura para su edad. Nosotros nos casamos muy jóvenes y empezamos una vida juntos, pero yo me sentía con el valor para hacerlo, porque tenía al lado a un ser con contenido, con base, con fuerza. Alicia era muy feminista, pero de una manera distinta a lo que hoy se entiende por feminismo.

-¿Te asusta la muerte, esa que se llevó a tu mujer siendo tan joven?

-Con Alicia hablábamos mucho de la muerte y, en mi casa, siempre se habló de ella. Yo vengo de una familia que fue asesinada entera en la Segunda Guerra, por los nazis. Mi papá era el único sobreviviente de esa familia, entonces yo nací con la muerte de la nodriza, porque en todas las fotos que yo miraba había muertos, muertos, muertos. Era como una novela de Juan Rulfo. A veces llegué a pensar que todos nosotros estábamos muertos. La muerte ha sido mi compañera desde el día en que llegué a este mundo. Y la viví de muy joven: cuando tenía 15 mi hermano murió en un accidente de auto; después me casé y a los pocos años me quedé viudo. La muerte siempre ha estado a mi lado y ha sido tanto lo que he hablado de ella, que tengo un hijo que fundó el Movimiento Positivo de la Muerte en Chile y transmite todo el día de la muerte. Yo encuentro que es un tema maravilloso y no entiendo por qué en este país se le saca tanto el poto a la jeringa. Yo siento que la muerte es mi amiga y quisiera que llegará pronto el momento de irme con ella.

-Yo no tenía mucha conciencia de la muerte hasta ahora en que me tocó que el lunes 23 de agosto se fuera mi mamá y el miércoles siguiente partiera mi papá detrás de ella… ¿Crees que algo de uno muere con ellos, que se llevan parte de lo que somos: recuerdos infantiles, historias que no nos contaron, secretos? 

-Me impactó mucho la muerte tan seguida de tus papás. Me pareció muy poético, como lo de Bélgica Castro y Alejandro Sieveking. Yo siento que, independiente de la edad que tengamos, los papás nos acompañan siempre, pero en Chile no amamos nuestra historia. Así como botamos edificios maravillosos, no rescatamos memorias propias y ajenas. En mis talleres y cursos, me doy cuenta de lo poco que sabe la gente de su historia familiar. Yo me encargo muy en serio de  enseñarles a mis nietos quiénes fueron mis padres y los padres de mis padres, porque creo que las personas mueren dos veces cuando no las recordamos. Todas las mañanas, saludo a mis papás muertos. Les cuento lo que me pasa y voy mucho a los cementerios. Cuando se podía viajar, me encantaba visitar los cementerios de las ciudades donde iba. Yo siento que es bonito el morir, es bonita la muerte. Lo feo y lo malo es el olvido; esa es la verdadera muerte.  

-Sirve mucho mirar fotos, recopilar escritos, ver las huellas que las personas dejan en las cosas…

-Claro, así puedes recordar con el alma. Yo creo que he aprendido más de mis padres desde que ellos murieron. Los he podido comprender más, porque mi relación con ellos en vida no fue fácil. Fue bastante dura por mucho tiempo. Cuando ya murieron, ya me había reconciliado con ellos, gracias a mi maestra la doctora Hoffmann, pero en mi adolescencia, fue muy difícil. 

-¿Cómo lograste esa reconciliación?

-A través de la ancestrología, que es una manera de sanar muy profunda. Mirando fotos de tiempos en que viví situaciones que me dolieron. Hay una forma muy poética de hacerlo que es imaginar a los padres jóvenes, pensarlos en su adolescencia. Para eso ayudan las fotos. Uno cree que sus padres son San José y la Virgen María, pero no, son personas reales, a las que les costó todo mucho. Que no siempre podían prestar atención, porque muchas veces la vida y sus problemas te superan. Hay una pequeña frase que uno puede decir: “Querida mamá: no te vi, era tanta la rabia que tenía contigo, que no te vi. No vi tu dolor y estuve siempre refunfuñando, reclamando, sin entender tus amores, tus frustraciones. No vi tu historia”. Es un ejemplo, pero sirve para entender el sentido.

-¿De qué se trata esa práctica tuya de tener en casa un altar de muertos a ver si a alguien le hace sentido y le sirve copiar la idea?  

-Es muy simple y humilde. Se trata de disponer un lugar en tu casa… Me acuerdo que Lola Hoffmann, mi maestra, lo construyó en su mesa de comedor. Tenía una raíz de ciprés de Las Guaitecas y ahí puso fotos de su papá, de sus abuelos. Es así de sencillo. Y todos los días, por unos minutos, te dedicas a mirar esas  imágenes. A pensar, a recordar las cosas lindas que te heredaron tus padres. Cuando yo partí con este trabajo, pensaba que ellos no tenían nada lindo, pero con el tiempo me empecé  a dar cuenta de todo lo maravilloso que me habían legado: el amor por el arte, la poesía, el canto. Es precioso cuando empieza a aflorar la belleza que había en ellos y que la rabia te impedía ver. Y esto es muy importante, porque el enojo con los padres es el enojo con la vida. Por eso, yo siempre aconsejo sanar la historia para así empezar a honrar la vida.

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